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Del colegio a la universidad #1

Primeros días de curso.  La realidad de estar de nuevo prisionero a los libros y a las fechas ha ido borrando poco a poco el rostro de gilipollez absoluta de algunos de mis compañeros. ¿A qué no sabéis que me paso este verano?, ¿Adonde fuiste?; interrogaciones y abrazos se repiten, pero cada vez con menos intensidad. La gente contempla desde la ventanas los campos donde todavía impera el sol estival, recordando con suspiros su breve libertad veraniega. Pero nuestro destino como estudiantes nos atrapa entre sus fuertes brazos, de los que algunos intentan escapar mediante el “botellón”, y sucesivas y esporádicas relaciones con otros jóvenes. La cantinela de los profesores empieza a martillear en nuestros oídos: Estáis en Bachillerato, no en la ESO; habéis elegido estudiar voluntariamente; ¿Estaréis estudiando, no chicos?.

Este año se nota una expectación contenida en nuestro curso. No sólo es pasar de ciclo formativo a otro, sino los nuevos rostros que han llegado a mi clase; algunos de ellos repetidores, rebotados, otros porque en su colegio no había este ciclo, etc… Y en esto, que ha llegado el día de elección del delegado y subdelegado; en unos tiempos respetado y de gran importancia para la clase, y hoy en día una payasada donde el alumno que destaque por su timidez o por ser un imbécil es elegido para este cargo. “La función principal de un delegado es velar por el bien de su respectiva clase: tener aptitudes de Demóstenes, llevarse y entenderse bien con tus compañeros y profesores; ser altruista;…” Demasiadas cosas para unos jóvenes que han convertido la despreocupación en su ley. Pero siempre hay focos de ambición, pienso mientras veo como nuestra tutora, una petite femme aunque terrible, intenta denodadamente que alguien se presente para el puesto. Gestos aburridos y de desinterés general la contemplan. Es mi oportunidad, pienso para mi mismo; acceso a conocimientos privilegiados y cotilleo sobre futuras excursiones y visitas, y una excusa inmejorable para responder de mi presencia en ciertos lugares. Cuando a nuestra esforzada profesora le empieza a fallar la voz, levanto la mano como quien no quiere la cosa. El final evidente: mi nombre sale como delegado de este año. Una teoría demostrada: si me hubiese presentado al principio nadie me habría votado por envidia y simple deseo de fastidiar; en cambio al presentarme en las últimas mis compañeros creerán que les hago un gran favor… al ser delegado y librarse de la charla de la profesora.

Simple estrategia política. Para que luego digan que no se aprende en los institutos. Pero al final fue por interés personal, sin pensar para nada en la clase, objetaría un poco más tarde un escrupuloso compañero y amigo intimo mio. Mejor yo voluntariamente que alguien obligado; algo haré le respondí, mientras veía -siempre me he considerado un buen juez de las personas y sus emociones- como la frustración y envidia crecían en su interior por no haberse atrevido a levantar la mano.

  1. Un cantilenador
    noviembre 29, 2008 a las 11:28 am

    Vaya, creo que acabo de descubrir tu lado oscuro. No lo hagas, Anakin.

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